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Érase que no se era un hombre que no vivía. Vino al mundo un sábado a finales de mayo, cuando el calor ya aprieta y las noches se agradecen. De pequeño, lo único que le llamaba la atención, eran los fuegos artificiales. Nunca pedía nada, excepto ir a la feria a montar en el tiovivo y ver las luces. La estampa no podía representarle mejor. El corazón atrapado en el carrusel. Montado a caballo, persiguiendo al siguiente, sin llegar nunca a cogerlo. Ver los colores, grises para él, explotar, difuminarse, dudar en apagarse y lanzar un guiño final. Nunca fue capaz de emocionarse, pero ese era el único momento en el que se sentía sosegado.
Como nunca se apegó a nadie, probó a viajar cuando tuvo edad y medios para valerse por sí mismo. Siendo arquitecto de lujo, podía permitirse el capricho de tomarse un paréntesis del grosor que le pareciese. Los paisajes naturales fueron la única cosa que le sacó una sonrisa, pero más como un medio de presentar sus respetos que realmente fascinado. Cuando se aburrió y vio que no había nada dorado en Golden Lane, volvió.
El amor fingido tampoco fue la solución. Y tiene lógica, se puede mentir durante un tiempo, pero cuándo sólo sabes qué es un sentimiento por su definición y no por quedarte sin palabras, es demasiado difícil mantenerlo. Además asustaba a las mujeres. No es que no estuviera interesado en sus cuerpos, lo estaba, pero con alma de cartógrafo. Le gustaba trazar mapas mentales de los desnudos, hacer anotaciones mientras recorría palmo a palmo las anatomías, de norte a sur. De vez en cuando levantaba la vista y entreabría la boca como para pedir permiso para circunnavegar.
Publicó un libro, Obras de ayer y hoy, con edificios majestuosos. Plantó un árbol. Aprendió unos cuántos idiomas. Murió a los 64 siendo operario de la noria y el tiovivo de su ciudad de siempre.
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No estoy perdido, estoy en una bocacalle que no conozco, pero llegaré a la avenida principal.
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Don Javier es uno de esos progresistas de la interacción humana, que pide que le llamen Javi. Don Javier es uno de esos genios y figuras que siguen intentando modificar la constante de la fórmula del éxito.
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“- ¿Y usted cómo se gana la vida?
- ¿Ganar? ¡De casualidá estoy sacando un empate!”
Roberto Fontanarrosa.
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No puedo dejar de jugar a tener el control. Me hago el listo y pienso que puedo manejar las tablas de relaciones causa-efecto. Pero luego salta el piloto automático, dejo de pensar y no tengo consciencia de quién soy y de qué va a ser de mí una vez queme esta etapa. Y en lo que dura este punto muerto, cuyo periodo nunca está definido, todo es un caos:
No puedo escribir, y me pongo dos abrigos sin darme cuenta. No soy capaz de decidir si blanco o si negro e intento buscar imágenes que me serenen poniendo palabras al azar en el buscador. Trabajo por rutina, orgullo y ese raro sentido de sacrificio que siempre he tenido, y me creo que soluciono algo yendo a hacer trámites.
Y en lo que dura este punto muerto, no hay nada que hacer, por eso he decidido cortarme el pelo.
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“Mi granero se ha quemado.
Ahora puedo ver la luna.”
Masahide.