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Estaba yo ayer con mi ahijado, viendo ese capítulo de Los Simpson donde Lisa trata de convertir al gamberro de Nelson en un buen hombre, y pongo esto en cursiva porque si bien es un término muy cacareado, nunca llegará a estar bien definido.
El caso es que esas situaciones, donde la bella y dulce mujer trata de domar al silvestre macarrilla me llevó hasta otro clásico, que en el fondo no es más que más, y valga la redundancia, de lo mismo. Me refiero a las encrucijadas (unisex, porque aquí estúpidos somos todos), en las que caemos en la sombra de eso que se supone amor, y lo supongo porque el tema, desde los griegos ha dado muchas vueltas, con alguien que está dañado, roto.
Y allá vamos nosotros, que tenemos reservas de Super-glue (algún día me pagarán por mencionar marcas) para unir dos trenes de mercancías e intentamos recomponer todo lo que queda de ese pobre desdichado/a. Mi experiencia personal en el tema, y hablo de un mí siempre idiota, es que en esos momentos no amamos, necesitamos amar, y en ese momento nos exponemos tan vulnerables que si fuéramos masocas (que un poco, sí), estaríamos líbidos del gusto.
Los problemas, que son varios, es que si realmente consiguiéramos algún día recomponer al descompuesto (en términos espirituales, por ¿dios?), o contaminar al macarra y convertirlo en un monaguillo de la decencia, nos dejaría de interesar prácticamente al instante. El otro problema, que viene unido, es que por mucho que recompongas algo, nunca vuelve a su estado anterior, así pues, esa cerámica estará pegada pero no tan sólida como antes. Y suelen acabar las cosas algo mal.
Y pensar todo eso de romper me recordó la historia de aquella adolescente que manifestaba que ella, en el acto del amor mismo, como le habían roto el himen, tenía que romper algo en condescendencia. Y la muchacha se empeñaba hasta que…
Vamos, que eso sí que debe de doler, más que existir roto, o más que el amor.
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No tienes los pies en el suelo ni la cabeza sobre los hombros. Vas con las extremidades flotando por ahí.
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Leo un Semanal de hace un tiempo. Avanzo. Veo a Punset medio disfrazado de cupido. Sigo leyendo:
A = (a+i+x) k
La fórmula del amor según Punset, dónde a es el apego afectivo, i la inversión parental y x la resistencia metabólica, todo afectado por una constante k como el entorno institucional.
¿Tendré que empezar a usar calculadora además de condones?
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1) Mis amigos dicen que soy demasiado sarcástico.
2) El sarcasmo también se denota como acidez.
3) El optimismo en exceso provoca acidez.
Resulta que voy a ser optimista y yo sin enterarme.
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Si, compartir la música escuchada a través del patio interior por su elevado volumen, es una creativa forma de mestizaje cultural.
Al menos eso opinan las de arriba.
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Buenas noticias para la gente que ama las malas noticias.
O si lo prefiere, un enfoque optimista.
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Este relato lleva en blanco meses. No cotiza.
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“Tal vez nos conocemos a nosotros mismos demasiado bien para aceptar las buenas y preferimos adoptar las malas opiniones que los demás tienen sobre nosotros”
Saul Bellow.